Nadie dijo que fuera fácil. Cuando uno es parte de un plan tan absolutamente concreto y conciso en cuanto a sus objetivos –como el que tiene el presidente López Obrador–, hay que tener en cuenta que los grados de maduración o de aceptación de la realidad no son iguales en todas las personas. A un líder carismático no se le hereda, sólo se le obedece. El gran desafío que tiene Claudia Sheinbaum no es disolverse dentro de lo que fue y sigue siendo el torrente de las palabras, las ideas y los objetivos de su antecesor y –¿por qué no decirlo?– también su máximo impulsor. No tengo ninguna duda de que en su ánimo está cumplir cabalmente los acuerdos que haya establecido con el presidente de López Obrador. Pero, al mismo tiempo, soy consciente de que la doctora Sheinbaum –a quien no se le puede discutir la legitimidad democrática que le acompaña y que en gran parte fue impuesta, fomentada, apoyada y dirigida por su director de campaña y quien fue el único que hizo campaña electoral durante seis años, es decir, Andrés Manuel López Obrador– se enfrentará a un importante desafío. Su verdadera prueba no será ver hasta dónde llegará o si será mejor o peor que su antecesor, su verdadero desafío consistirá en ver hasta dónde y cuándo seguirá las instrucciones y mandatos de quien aplanó su camino al poder.

La doctora Claudia Sheinbaum es hoy la líder más votada en la historia de México, superando incluso en número de votos a quien parecía imposible superar. No sólo logró la destacada hazaña de convertirse en la primera presidenta de la nación, sino que lo hizo consiguiendo una legitimidad democrática que, a su vez, le da un amplio margen de maniobra. Pero no hay que engañarse, a López Obrador hay que agradecerle que –para bien o para mal, aunque los resultados de la elección dejan claro que todo salió a su favor– siempre ha sido muy claro y nunca ha engañado a nadie sobre sus intenciones. Lo que aún está por verse es si él comprende el viejo acierto de Jesús Reyes Heroles –cuando éste era un militante entusiasta del PRI– sobre que en política la forma quiere decir fondo. Por eso, el punto más importante no sólo está en la negociación –que sin duda alguna la hay– sobre el nombramiento del gabinete, sino que está en la priorización de objetivos.

En el ocaso de esta administración hay cuentas y asuntos pendientes por resolver. Uno de ellos y el que en los últimos días ha sido el tema más relevante es el que rodea a la cuestión de si terminará esta primera entrega de la ‘4T’ con la reforma judicial sin importar los costos que esto lleve o si se dejará como la primera prioridad del mandato que se inaugurará el próximo 1 de octubre. ¿Está la próxima presidenta igual de convencida con los compromisos inherentes a su nombramiento que con lo que necesita para hacer un buen gobierno?

La presentación de la primera parte del gabinete de Claudia Sheinbaum fue impecable. Invitó a formar parte de su gobierno a gente que –por encima de toda sospecha– está lo suficientemente preparada y cuenta con las credenciales necesarias para cumplir con sus futuras funciones. Al leer los currículums de los que son los primeros seis secretarios designados, Sheinbaum estaba otorgando el premio y, sobre todo, el valor que ella le da a la formación y a la eficacia. Pero no sólo eso, sino que dejó claro que la lealtad debe de estar acompañada de la capacidad para cumplir con los designios y objetivos de la próxima mandataria de la nación.

Todo ha empezado a cambiar y mi única duda no es si la presidenta tiene o no derecho al error –ya que es obvio que sí lo tiene–, sino que mi duda es sobre cómo serán y cómo funcionarán los ciclos de maduración entre los dos para que se pueda, de verdad, implementar una política que, con tal de cumplir con el programa de su mentor, no termine por hipotecar la capacidad política de la presidenta.

En esta semana que empieza, tenemos que ver cómo se terminan de definir y establecer las secretarías clave que aún están pendientes de designarse. Siempre ha sido importante la designación del secretario de la Defensa Nacional; sin embargo, desde la irrupción de la ‘4T’ este puesto se ha convertido en uno de los más significativos del gabinete. Desde que llegó al poder, y a pesar de haber dicho lo contrario durante la campaña que lo llevó a ocupar Palacio Nacional, el presidente López Obrador decidió asociar su destino y el del país a las Fuerzas Armadas. El Ejército mexicano se ha convertido en un instrumento ejecutor de primer orden de las decisiones políticas –muchas veces criticadas– en cuanto a las grandes obras insignia de la ‘4T’ y se ha instaurado como una institución estrechamente relacionada con el rumbo del país.

Lo que aún está por verse es si el sucesor del actual secretario de la Defensa Nacional será propuesto por el mismo secretario, por la presidenta electa o por el presidente López Obrador. Otra cuestión clave –aunque hay falta tiempo para ello– será determinar cuántos recursos nuevos serán otorgados y extraídos del PIB del país para satisfacer y cumplir con las demandas y exigencias de dicha secretaría, aunque esto ya es un tema importante para la elección del nuevo secretario.

Más allá de los eslóganes –afortunados o desafortunados– de “abrazos y no balazos”, creo que la seguridad será un tema verdaderamente prioritario en este nuevo gobierno. La situación y realidad del país son innegables y no poner éste como un punto clave a resolver sería un grave error. En este sentido y haciendo caso a lo manifestado, dicho e interpretado, parece que el nombramiento de Omar García Harfuch es un hecho. No obstante, aún falta ver si el creador de la cuarta transformación hace efectivo su derecho, si no de veto sí de reserva, sobre el posible nuevo secretario de Seguridad y Protección Ciudadana.

Rosa Icela Rodríguez siempre fue una persona muy importante para la doctora Sheinbaum, tanto que la nombró como su secretaria de Gobierno cuando fue jefa de la Ciudad de México. Por eso resulta lógico que en este momento se esté considerando que ella ocupe un lugar clave a lado de la presidenta electa, sobre todo en la reorganización de la seguridad y de la relación múltiple política. O, dicho de otra manera, Rosa Icela será importante para reubicar y reinstalar el concepto y el funcionamiento de la Secretaría de Gobernación.

En el año 2018, el presidente López Obrador disolvió el valor del gabinete. Él y sólo él tomaba las decisiones. Todas las decisiones y –salvo el secretario de la Defensa Nacional– no había nadie en el gabinete que pudiera tener una importancia a la hora de marcar las pautas y los comportamientos del control de las Fuerzas Armadas. Con López Obrador en Palacio Nacional, él es el primer y el último combatiente. Todas las decisiones importantes –incluida esta fantástica campaña electoral liderada e ideada por él mismo– han sido tomadas por él.

Tengo muy pocas dudas de que el estilo de gobierno de la presidenta Sheinbaum será distinto al de López Obrador. No significa que en tantos años no haya aprendido el valor de tener el verdadero poder, significa la comprensión que tiene de la necesidad de un gabinete que además de leal sea eficiente y pueda proyectar a México para la segunda parte de este siglo 21.

Los nombres, al igual que los gestos y las reformas, son muy importantes, aunque lo más importante es verdaderamente saber cuál es el margen existente en el grado de maduración y de vivir con la realidad de ambos. La realidad del que se va porque se va y de la que llega porque, aunque tenga una gran dependencia frente a todos los órdenes del Presidente que la hizo, tiene todo para triunfar. Para lograrlo no sólo tendrá que malabarear entre el cariño y lealtad que le debe a un hombre acostumbrado a marcar la agenda política desde la primera hora del día durante tantos años y sus verdaderos deseos y objetivos para su mandato. Y es que, por más que ella busque hacer su propio camino, aún está por verse cómo serán las mañaneras del que hasta ahora ha sido el principal ocupante de Palacio Nacional y ver cómo serán sus amaneceres cuando esté en La Chingada.