Una vez más ha quedado demostrado en días recientes que por mucho que el Presidente de México ignore al mundo, el mundo no nos ignora a nosotros. Y una vez más quedó también evidenciado, de manera palmaria, que la evisceración del Estado mexicano, por un lado, y la falta de norte geopolítico, reducción de banda ancha en la agenda de seguridad e intercambio en materia de inteligencia con Estados Unidos y nuestros enormes y crecientes déficits en términos de capacidades institucionales en esta materia, por el otro, pueden acabar echando por la borda la relación con nuestro principal socio diplomático y comercial en detrimento de la prosperidad, seguridad y el bienestar de México y de los mexicanos.

Y es que el miércoles pasado, el gobierno estadounidense divulgó que el FBI había detenido en Los Ángeles, Filadelfia y Nueva York a ocho ciudadanos tayikos con posibles vínculos con el grupo terrorista ISIS que cruzaron hace varias semanas a territorio estadounidense a través de la frontera con México. Para cuando el análisis de inteligencia estadounidense estableció la potencial conexión terrorista de estos hombres, los mismos ya habían sido procesados por oficiales de inmigración y obtenido permiso para internarse en el país. Aunque no parece haber pruebas fehacientes que indiquen que fueron enviados a EU para planear o ejecutar un ataque terrorista, al menos algunos de los tayikos habían recurrido a retórica extremista, ya sea en redes sociales o en comunicaciones privadas entre ellos.

El episodio se produce mientras funcionarios y exfuncionarios de inteligencia han formulado advertencias públicas sobre condiciones prevalecientes (en Gaza en particular) que elevan el riesgo de un ataque terrorista en suelo estadounidense a su nivel más alto en la última década. Pero de manera más alarmante para nosotros, los arrestos también han vuelto a poner el foco de atención en la frontera con México, tanto por el contexto que impera en Medio Oriente como por el número exponencial e inédito de migrantes y refugiados que están llegando a nuestro país de todas partes del mundo. Este es un tema que los republicanos, trumpizados y  en un año de elecciones presidenciales, han amplificado y alcahueteado, tanto en su esfuerzo por arrinconar a la administración Biden como en abono a su narrativa de que el verdadero peligro a la seguridad nacional de EU no reside en la agresión y el revanchismo ruso o el poder ascendiente de China o lo que ocurre en el Levante, Irán y el golfo Pérsico, sino en las vulnerabilidades que le abren México y su frontera. Por si fuera poco, este caso se suma a lo que ya había ocurrido el año pasado cuando se descubrió que un grupo de uzbekos que cruzaron a EU había llegado a México gracias a un contrabandista de migrantes turco con vínculos y apego a ISIS. En 2023, 160 migrantes y refugiados cuyas identidades empatan con individuos en la lista de “personas de interés” del gobierno estadounidense fueron detenidos al intentar cruzar la frontera; en 2022 sumaron 100.

Lo que está claro es que con la demolición del Inami y el Cisen, cortesía de López Obrador, México hoy carece de los instrumentos más básicos para vigilar y controlar suelo mexicano y abonar y garantizar la seguridad de nuestro vecino y principal socio comercial. A ya más de dos décadas del 11 de septiembre de 2001, sus consecuencias geoestratégicas, políticas y éticas se han vuelto más evidentes, particularmente con la fluidez, volatilidad e incertidumbre que hoy caracterizan al sistema internacional de siglo 21. Pero ese momento aciago para EU tuvo un efecto transformador en un área que siempre había quedado rezagada en el cambio tectónico de la relación bilateral provocado una década antes por la decisión de negociar un acuerdo de libre comercio. Impulsados primero por la enorme convergencia socioeconómica desencadenada por el TLCAN y luego por la creciente y más asertiva cooperación en materia de seguridad e inteligencia que surgió de los imperativos de seguridad detonados por el colapso de las Torres Gemelas, ambos países empezaron a construir de manera paulatina una asociación estratégica y con visión de futuro basada en la responsabilidad compartida. Sin duda lo que impulsó esto fue la constatación cardinal de que si EU llegase a percibir que México y una frontera porosa encarnaban una vulnerabilidad de seguridad nacional que pudiesen capitalizar terroristas, la agenda comercial y económica y la relación en su conjunto que se había forjado con el TLCAN colapsarían como un castillo de naipes. Hoy México tiene que asumir la necesidad imperiosa de profundizar y ampliar la cooperación para restaurar y relanzar un paradigma norteamericano común de seguridad. No es menor lo que está en juego y México –tanto el gobierno en funciones como el próximo– no puede seguir, en el mejor de los casos, chiflando en la loma, o activamente minando los cimientos fundacionales de la relación moderna –y de futuro– con Norteamérica.