Los mexicanos no hemos sido capaces de reencontrarnos con nosotros mismos. Siempre en disputa cotidiana. El choque de las dos culturas, la española y la indígena, la Conquista y la posterior historia de enfrentamientos y conflictos fratricidas han impedido construir una sociedad unida y solidaria en busca de la grandeza de México.

Al no confiar en nosotros menos aún confiamos en los demás. Nos cuesta mucho trabajo reconocer el éxito y triunfo de la gente. Siempre a la defensiva. Este síndrome es intrínseco a nuestros gobernantes. Cada seis años reinventamos nuestro país. A la basura los programas del pasado.

Caminamos trastabillando, sin rumbo, por la oscuridad de la noche. No alcanzamos a contemplar la luz del sol crepuscular. Debemos superar los atavismos del pasado. Entender el momento y las circunstancias que estamos viviendo. El nacimiento de un nuevo mundo. El amanecer de un esplendoroso día.

La falta de una identidad nacional, el racismo, la discriminación y el resentimiento nos hacen débiles, desconfiados y taciturnos. Octavio Paz destaca este delicado síndrome en El laberinto de la soledad y, de alguna manera, Juan Rulfo en su Pedro Páramo, clamando por su soledad y abandono en las tinieblas de Comala.

El manejo de nuestro lenguaje es el reflejo de esta ambigüedad existencial. Ahorita vengo y nunca regresa, nos vemos pronto y no se hace el encuentro, te mando un queso y no llega, ahorita lo hago y no se hace nunca, no pude llegar porque mi abuelita se enfermó y goza de cabal salud, no se preocupe, aunque nunca se ocupe, perdimos por el árbitro vendido y, por supuesto, te voy a recomendar y no hay tal, etcétera. En múltiples ocasiones no asumimos nuestra responsabilidad.

Nuestros gobernantes, unos más, otros menos, adolecen de esta simulación. Ocultan su verdadero rostro y ofrecen cambios y parabienes que no realizan y buscan el pasado como amortiguador de pecado y penitencias, como un ejercicio del subconsciente y una condición humana. La máscara del parachico, sincretismo excepcional.

La anécdota de los tres sobres que entrega el gobernante saliente al entrante no tiene desperdicio. Al despedirse le comenta que estos sobres le ayudarán a transitar en su gobierno y que debe abrir el primero de inmediato y los otros dos, cada dos años. Intrigado y curioso, el nuevo funcionario abre el primero y la recomendación es clara: «Culpa de todo al pasado». A los dos años abre el segundo, que le recomienda: «Cambia de gabinete». Por último, llega el término del tercer sobre y, oh, sorpresa: «Empieza a escribir tus tres sobres». El tiempo se agota, es inexorable.

Llegó el momento de cambiar. Es tiempo de reconciliarnos, fortalecer nuestra autoestima y cimentar nuestra seguridad personal y colectiva. Desafanarnos del pasado ominoso, extrayendo únicamente su savia victoriosa en una depuración y sanación nacional. Sería el renacimiento de un nuevo país, más fuerte, vigoroso y solidario.

Perder el tiempo en disputas es banalidad inocua. Es intrascendencia, despilfarro económico y freno que no permite visualizar el futuro. La planeación a largo plazo es requisito indispensable para dar sustento al país y posibilidades de esperanza y desarrollo. El Ejecutivo y el Legislativo deben establecer prioridades para los programas sustantivos que requieren de varios años para su conclusión.

Es tiempo de madurez, equilibrio y ponderación política. En temas estratégicos hay que pensar en grande y con visión de futuro. Diseñar presupuestos de largo alcance en el tiempo para obligar a los responsables de los tres niveles de gobierno a continuar con la construcción de las obras de mediano y largo plazo que garanticen la grandeza de México.