El periodo de transición es más corto, pero mucho más intenso. El presidente saliente y la presidenta entrante militan en el mismo movimiento, pero el traslado del poder transpira, más allá de las sonrisas, una tensión inusitada. La coalición opositora terminó por resquebrajar, dividir o borrar a sus integrantes y premiar a sus dirigentes. La idea de la división de poderes de la Unión hoy es un enigma.

Ojalá, al final de este trance, las piezas del rompecabezas embonen en su lugar. Por lo pronto, el armado del juego no perfila la certeza de un nuevo horizonte.

Puede Morena con el gobierno saliente y entrante jactarse no sin razón de haber asestado una brutal y contundente derrota a su adversario. Sí, pero también debe inquietarle la ausencia de una fuerza opositora que, en su resistencia, le signifique un punto de apoyo. Es mejor saber con quién trata uno, que no saber con quién tratar.

Sin oposición al frente, las tensiones relativas no tanto al objetivo como al itinerario y la ruta del proyecto originalmente trazado se manifestarán al interior de Morena. La o el próximo dirigente del movimiento, aun bajo la férula presidencial, pero no bajo el peso del beneficio y el perjuicio de un liderazgo avasallador, ya no podrá limitar su función a instrumentar acciones, encuestas, consultas o concursos. Estará obligado a regular y atemperar la fuerza del movimiento: jalar las riendas cuando se desboque, tirarlas de lado cuando se desvíe o, bien, clavar las espuelas si se anquilosa, además de mediar y lidiar entre pioneros y colonos del movimiento, cuyo origen y motivo es distinto. Esa o ese dirigente ya no podrá despachar como mero gerente.

La designación de quien quede al frente de la formación será clave porque, así suene absurdo, requerirá hacer política dentro de casa y esa es de las más difíciles. Ello porque, aun queriendo, la virtual presidente no podrá concentrar y ejercer el poder como su antecesor, menos cuando en la última tanda de miembros del gabinete se advierten plazas negociadas o nombramientos hechos con calzador y cuando los compromisos que recibe como parte del legado exigirán atender y calcular mucho mejor la actuación y los recursos del gobierno.

El natural y, ahora, obligado relevo de Mario Delgado en Morena revela la importancia de esa pieza del rompecabezas.

Dicho lo anterior, la situación en que quedan particularmente los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional corresponde a la de un desastre. El caso del Partido de la Revolución Democrática es peor: no hay claridad si los dirigentes están de duelo por la pérdida del registro o en duelo por la disputa de los restos.

Hoy, los promotores de la candidatura presidencial de Xóchitl Gálvez fingen demencia. Dirigentes cívico-ciudadanos, intelectuales, académicos y periodistas, así como los cuadros opositores afiliados a esa causa no recuerdan bien qué hicieron. En el mejor de los casos se declaran víctimas de una elección de Estado y de la negligencia de la dirigencia de los partidos que ampararon la aventura. Pero es inocultable, impulsar a un personaje que se declara ciudadana apartidista –por no decir, antipartidista–, pero se postula bajo las siglas de las formaciones que abomina, hacía del ejercicio un galimatías. La idea de una candidatura independiente-dependiente no existe.

Como quiera, las dirigencias de los partidos opositores apechugaron. No tenían ni construyeron cuadros para dar la batalla por la Presidencia de la República y, entonces, hicieron suya la candidatura ciudadana-apartidista a sabiendas del destino de ella y conscientes también del beneficio que derivarían. Si los grupos cívico-ciudadanos y la intelectualidad los iban a utilizar como taxi, decidieron ponerse el cinturón de seguridad y ruletear una campaña perdida. No llegarían aquellos ni la candidatura adonde querían, pero ellos sí adonde iban.

Ahora, los dirigentes del PRIAN –suma de siglas envueltas para regalo a Morena– quieren sacarle un poquito más de kilometraje al viaje o la dejada que hicieron: Alejandro Moreno quiere ocupar su escaño en el Senado y quedarse con el partido; y, a su pareja, siempre tan generosa con él, Marko Cortes le urge ir al Senado, dejar a uno de los suyos en el partido y ver si hace la coordinación del grupo parlamentario. Esa es la talla de los personajes, ambos jurando, desde luego, estar dispuestos a renovarse e, incluso, abrirse a la ciudadanía y la sociedad siempre y cuando ellos pasen primero.

Difícil determinar si esa oposición sin proyecto y, sin querer, colaboracionista sirve de algo a la democracia y al equilibrio político, pero imposible resignarse a la idea de contar con un movimiento hegemónico sin oposición ni contrapesos. La oposición, pieza fundamental del rompecabezas.

La comedia de la división de los poderes de la desunión no tiene par.

Cuando una presunta ministra pide la renuncia a una declarada ministra y el colegio de la Corte no es capaz de fijar una postura de conjunto ante una reforma que pone en riesgo al Poder Judicial, es obvia la necesidad de replantear ese poder. Empero, cuando los reformadores no tienen claro si la propuesta presidencial de la reestructura atiende o agrava el problema a resolver ni conocen el costo político, presupuestal y económico de la operación se puede temer que, quizá, se pierda la oportunidad de mejorar el sistema de justicia. Y, cuando el Ejecutivo saliente no oculta cierto espíritu de revancha y, en la aventura, embarca al Ejecutivo entrante se entiende que falta cabeza fría para proceder.

El armado de esa parte del rompecabezas es incierto.

Ojalá, al final, embonen las piezas, pero sobre todo que estén completas y pertenezcan al rompecabezas en juego.