Antes de las elecciones, argumentaba en este espacio que, en el contexto de polarización que vive el país, las interpretaciones sobre lo que estaba en juego eran radicalmente distintas para quienes apoyaban a la candidata oficial y quienes estaban en el lado de la oposición. Para unos, se votaba por la continuación de una transformación histórica; para otros, se trataba de salvar la democracia y evitar una deriva autoritaria. En lo único que coincidían era en que el triunfo del bando contrario tendría consecuencias catastróficas.

Durante las campañas, cada bando se convenció de que su candidata ganaría. Para los seguidores de Claudia Sheinbaum, la mayoría de las encuestas no dejaban lugar a dudas. Por el contrario, los seguidores de Xóchitl Gálvez solo consideraban relevantes las encuestas, totalmente atípicas, de Massive Caller o México Elige, y se sentían optimistas por las multitudes movilizadas por la ‘marea rosa’ y los análisis de los críticos de la 4T. Las redes sociales y los grupos de chat reforzaban las opiniones y los deseos de unos y otros.

En estas condiciones, era previsible que habría incredulidad, desánimo y enojo entre los perdedores. Esto afloró inmediatamente en redes sociales tras la derrota de Gálvez, en donde se empezaron a ventilar todo tipo de teorías de la conspiración y sospechas sobre el resultado electoral.

Hace unos días, en su primera entrevista después de las elecciones, la propia Gálvez habló sobre el estado de ánimo de sus seguidores: “Sé que la gente está desconcertada, está deprimida… hay un duelo en el país, porque creen que nos va a ir muy mal.” Esta impresión es correcta, según lo muestra un estudio demoscópico de TResearch, realizado antes y después de la jornada electoral.

Entre los seguidores de Gálvez, la derrota aumentó la desconfianza en las elecciones. El 92 por ciento de los que votaron por ella consideraron que las elecciones no fueron limpias ni justas. Además, el 96 por ciento expresó preocupación por el resultado. Por otro lado, los votantes de Sheinbaum mostraron confianza y entusiasmo casi unánime en las elecciones y su resultado. La confianza en el INE creció entre los seguidores de Sheinbaum, mientras que la desconfianza aumentó entre los opositores.

En cuanto al ánimo social, el impacto de las elecciones fue en el sentido previsible. Con tanto en juego y con expectativas tan altas sobre un triunfo, la decepción generada por la derrota entre los opositores queda fielmente reflejada en el estudio. Desde antes de las elecciones, el ánimo dentro de ese grupo no era el mejor, ciertamente no tan positivo como el que prevalecía entre quienes estaban con Sheinbaum. Supongo que esa diferencia refleja, en buena parte, los muy diferentes sentimientos sobre el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador y sobre el estado del país.

La derrota empeoró el ánimo de los opositores. En una escala del 1 al 10, se les pidió a los encuestados que evaluaran su felicidad, alegría, tranquilidad y optimismo. La calificación promedio en todas esas dimensiones pasó de cerca de 6 a menos de 4. Por ejemplo, antes de la elección, los seguidores de Gálvez tenían una calificación promedio de 6.9, que bajó a 3.8 después de la derrota. Del optimismo relativo al pesimismo en un instante.

Ante esta situación, la virtual presidenta Sheinbaum puede optar, como su antecesor, por la polarización, que a juzgar por los resultados electorales parece haberle servido políticamente. Para la presidenta Sheinbaum, sin embargo, ignorar a quienes están del otro lado no deja de ser una apuesta arriesgada, más allá de que en principio me parece que nada justifica pensar que por razones políticas casi un tercio de los ciudadanos deban ser ignorados o, peor aún, condenados y agredidos, como ha sucedido en este sexenio.

La futura presidenta Sheinbaum debería considerar el estado de ánimo de quienes no la apoyaron y buscar que se sientan tomados en cuenta. Sus márgenes de maniobra presupuestales son menores que los de López Obrador y su personalidad muy diferente; tendrá que distinguirse, sobre todo, por los resultados de su gobierno. De nada le serviría que una parte de la población se sienta marginada o, peor aún, amenazada. En su primer discurso tras la jornada electoral, Sheinbaum parece haber apuntado en esa dirección al decir: “Aunque muchas mexicanas y mexicanos no coincidan plenamente con nuestro proyecto, habremos de caminar en paz y en armonía”. Ojalá así sea.