En 2018, López Obrador ganó la Presidencia alrededor de dos ofrecimientos: terminar con la corrupción y la inseguridad. No lo hizo, ni de cerca. Su sexenio parece ser el más corrupto de la historia, a juzgar por el tamaño del desfalco a Segalmex, las cantidades ingentes dedicadas a rescatar Pemex y a sus proyectos personales, que no pueden auditarse, y también por las denuncias públicas, abundantes. Lo más que puede celebrar en el caso de la violencia es que el crecimiento durante este sexenio fue menor al de otros, pero no se redujo en absoluto. De hecho, si evaluamos el control territorial del crimen organizado, y la amplitud de su portafolio de negocios, éste parece ser el gobierno que más se ha rendido frente a los criminales.

Ahora, en 2024, Claudia Sheinbaum ganó ofreciendo un segundo piso de lo hecho en los seis años previos. No sé exactamente qué interpretaron los votantes con esto, pero tengo la impresión que pesó en muchos de ellos el buen comportamiento de la economía en los últimos 18 meses. No es que haya sido extraordinario pero, comparado con lo ocurrido en los primeros cuatro años del gobierno actual, sin duda fue mejor. Prácticamente regresamos al ritmo promedio de los 38 años previos al triunfo de López Obrador, aunque sea por año y medio.

La ilusión de ese crecimiento, insisto, apenas promedio comparado con la historia reciente, sumado al “peso fuerte”, y a un salario que da la impresión de ser muy elevado, convencieron a muchos de que no había necesidad de cambiar de dirección, sino de echarle un segundo piso al sexenio que termina. El salario promedio de los trabajadores formales es efectivamente el más alto del siglo, si comparamos con la inflación general, pero no lo es si se compara con el costo de alimentos, sin embargo, durante los últimos 18 meses en ambos casos hay un incremento superior a 10%, que no es cosa menor.

La razón por la cual creo que se trató de una ilusión es porque el crecimiento de la economía se ha ido diluyendo en los últimos meses. Aunque fue el semestre previo a la elección, que suele tener un gran impulso desde el gobierno (que en esta ocasión creo que fue incluso mayor), estamos ya lejos del 3.5% que se tuvo en el primer semestre de 2023, y la tendencia es negativa. Esto ya se refleja en la generación de empleos, que a tasa anual siguen creciendo, pero cada vez menos. Los salarios se erosionan en el transcurso del año, como siempre, pero esperaríamos que terminen mejor que en 2023.

Ya hace años comentamos aquí cómo la ilusión monetaria lleva a las personas a cometer errores de juicio. Aunque el dinero compra menos alimentos, no se da uno cuenta de ello con facilidad, especialmente porque la pandemia nos impide recordar lo ocurrido antes de 2020. Aunque los gastos de bolsillo en salud se han comido una parte no menor de las pensiones y becas, cuesta trabajo considerarlos juntos.

Ahora bien, el dólar se ha mantenido barato desde 2022 debido al gran margen entre la tasa de interés que pagamos en pesos y la que se paga en Estados Unidos en dólares, o en Europa en euros. Si el país es de riesgo bajo, pero paga grandes rendimientos, no tiene mucha ciencia: hay que comprar pesos.

Todo indica que en estas dos semanas la percepción de riesgo asociada a nuestro país ha cambiado. Por eso subió el dólar pero, sobre todo, por eso subieron las tasas de interés a mediano y largo plazos. Las ilusiones se irán diluyendo en los siguientes meses. Ya será tarde, claro.