Cuenta una historia que un pirata llamado Diómedes asolaba los mares sin que el ejército imperial pudiera detenerlo. Después de varias incursiones, los soldados lograron aprehenderlo y presentarlo ante el emperador Alejandro Magno.

¿Cómo te atreves, le reclamó el monarca, a perturbar los mares? A lo que Diómedes respondió: ¿cómo te atreves tú a perturbar el mundo?

Yemen se encuentra en la península arábiga, justo a la entrada del Mar Rojo, por el que se entra a través del Golfo de Adén. Es un país inestable que vive crisis recurrentes con episodios de violencia, particularmente por su posición geográfica, la cual es la vía para acceder al Canal de Suez. Uno de los movimientos radicales que han surgido en los últimos años son los hutíes, un grupo ultranacionalista que se financia por medio del mismo oficio de Diómedes.

Desde el año pasado, los piratas hutíes han saqueado barcos que se dirigían hacia Europa y también hacia América en misiones comerciales. Tal ha sido el ataque de estos modernos corsarios que los costos del flete marítimo en la región están rozando ya los precios que registraban durante la pandemia.

De acuerdo con varios reportajes de diarios internacionales, la afectación a esta vía de comunicación está alterando nuevamente el balance del comercio mundial y no se avizora una solución pronto, a pesar de que los Estados Unidos lanzaron una ofensiva militar sorpresa en contra de los depósitos de armas y combustible de los hutíes en Yemen apenas en febrero pasado. “Esto está fuera de control”, ha dicho uno de los entrevistados.

Esta batalla contra los piratas, en pleno siglo XXI, está presionando a varias industrias para reconfigurar sus operaciones en México y en América Latina para cumplir a tiempo con los contratos ya firmados para surtir de diversos bienes al mercado estadounidense. Es un tema de seguridad, pero también por imponderables, que determina la nueva etapa comercial que vive el planeta; ya sea por una emergencia sanitaria o por la actividad, bien organizada, de un grupo de piratas.

Estas afortunadas coincidencias no serán permanentes, aunque tampoco determinan lo que sucederá con el “nearshoring” en el corto y mediano plazo; simplemente son parte del cambio de época que estamos atravesando y, justamente por eso, debemos estar preparados para aprovechar las oportunidades que surgirán de pronto.

Las condiciones, los acuerdos y la logística de los sectores económicos están listas y su mudanza está en marcha. No se ven en el horizonte amenazas como las que representan los piratas del Mar Rojo o los radicalismos que cobran fuerza en Europa. Sin embargo, viene una renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la cual se espera compleja, independiente a quién encabece al gobierno de nuestro vecino y principal socio.

En esa dirección hacia la que vamos, es importante continuar con el fortalecimiento del mercado interno, mantener los apoyos sociales directos que están dándole forma a una clase media estable y seguir inyectando gasto público en infraestructura y proyectos de energía que serán clave para atender las necesidades de distintas industrias, en particular la de semiconductores, unidades de control para electrodomésticos, automóviles y maquinaria especializada, así como a la aeroespacial y de telecomunicaciones.

Es el entorno ideal para el crecimiento económico y el desarrollo social que trae la prosperidad bien equilibrada. El modelo que comienza a delinearse está conformado por piezas de la iniciativa privada, del sector público y de la misma sociedad mexicana. Todos, haciendo lo que les corresponde para impulsar este lapso y construir sobre las bases de un manejo responsable de la economía la siguiente etapa de lo que no será un nuevo “milagro mexicano”, ni tampoco otro capítulo del “desarrollo estabilizador”, sino la época en la que nuestro país se convirtió en la potencia económica que siempre ha podido ser.