Se publicaron los datos de oferta y demanda agregadas al primer trimestre del año. Con las series desestacionalizadas, la economía creció a un ritmo de 2.8% anual en los últimos dos años, que no es nada excepcional. De 1980 a 2018, crecíamos 2.2% cada año, pero de 2018 a 2022 el crecimiento fue de -0.3% anual. Es decir, aunque de 2022 a la fecha el crecimiento es muy moderado, comparado con los cuatro años previos, parece el paraíso.

Ese 2.8% resulta de un crecimiento que sí es extraordinario: el consumo creció a un ritmo de 4.6% anual, impulsado por remesas, apoyos e incrementos salariales, mientras que la inversión (dicen) creció al 11.5% anual. Esta cifra, ya sabe usted, me parece que es errónea, producto de la manera en que Sedena informa a INEGI de la construcción del Tren Maya. No hay manera de que el valor agregado de la construcción de obras de ingeniería civil sea el doble del que fue en el sexenio pasado si la inversión pública es menor.

El gran crecimiento del consumo seguro es cierto, porque se ha visto reflejado en la confianza del consumidor y, sobre todo, en la elección del 2 de junio. Por cuarta ocasión, los mexicanos se rinden ante el consumo de corto plazo. Nos pasó entre 1973 y 1976, cuando Echeverría impulsó la economía de forma artificial, contratando deuda externa; nos volvió a ocurrir entre 1978 y 1981, cuando López Portillo lo hizo pensando que el petróleo pagaría todo; lo repetimos entre 1990 y 1994, cuando Salinas favoreció un peso fuerte y crédito fácil. En las tres ocasiones, el resultado fue una crisis mayúscula, en buena medida porque las cuentas externas no aguantaron.

Hoy eso no debería ser problema, de acuerdo con los datos de la Balanza de Pagos. Ahí podemos ver que, a pesar del gran crecimiento en el consumo y la inversión, que se orientan esencialmente a compras en el exterior, tenemos un gran margen: las remesas. Si no fuera por ellas, el déficit en Cuenta Corriente del primer trimestre de 2024 hubiera sido de 6% del PIB, la cifra que nos hizo quebrar en 1976, 1982 y 1994. Ahora, le digo, no es así, gracias a las remesas, que pagan más de la mitad de ese déficit.

Sin embargo, algo no cuadra, porque en los datos de oferta y demanda que se publicaron ayer, el déficit implícito con el exterior fue de -10% del PIB en ese trimestre. De hecho, en el último año promedió -8%. En estos datos no se incluyen remesas, que no son parte ni de la oferta ni de la demanda del país, y por eso la diferencia, pero aún considerando eso, no es lo mismo 6 que 10. En algún lado hay un problema de medición, y vuelvo a insistir en que la inversión se ha sobreestimado de forma extraordinaria en los últimos 18, tal vez 24 meses.

Si en lugar de tomar los datos desestacionalizados, vamos a los originales, es posible que encontremos una parte del problema. En estos últimos se incluye un rubro llamado “discrepancia estadística”, que durante los últimos cinco trimestres alcanza niveles superiores a lo normal, en el orden del 5% del PIB. Se utiliza esta serie para acomodar cosas que no están claramente ubicadas en un trimestre, o que no pueden localizarse adecuadamente, pero el nivel de los últimos dos años es el mayor registrado.

En suma: como en las tres ocasiones anteriores, se construyó una burbuja con el consumo que favoreció la opción oficial en las elecciones. Para ello, se utilizaron recursos públicos en exceso, que hoy representan un déficit fiscal del 6% del PIB. No hemos tenido impacto con las cuentas externas por el colchón de las remesas. Hay un posible error en inversión que no es menor. Finalmente, recordar que todas las burbujas terminan explotando, y con frecuencia lo hacen al tercer año.