Andrés Manuel López Obrador creó a Morena y es su propietario intelectual.

El Presidente saldrá de Palacio Nacional el 30 de septiembre pero no dejará de habitar el movimiento, que justo al cumplir 10 años recibió en las urnas un respaldo popular que abre la puerta a un cambio de régimen, a llevar el ideario morenista al máximo posible.

Esa simbiosis entre Morena y su creador no cesará con la asunción de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien habrá de aprender a vivir con una militancia que ve en ella a una gran heredera del movimiento, pero en aquel a su líder indiscutible. Más aún por los resultados del 2 de junio.

Todo hace prever que, políticamente hablando, AMLO no cerrará su sexenio perdiendo el poder o el control.

Es atípico lo que se vive en esta transición y más vale reconocerlo si de veras se quiere tratar de entender lo que sí pasa, so riesgo de que nuestro extravío quepa en la famosa máxima monsivaina de que “ya pasó lo que entendía”.

Desde el 2 de junio, con el aplastante triunfo de su partido, prácticamente un carro completo (donde perdió gubernaturas ganó senadurías y su candidata se impuso a la de la oposición), López Obrador cambió el discurso y ha manifestado que su rancho no lo contendrá.

Ya aclaró que volverá a visitar la capital y que tiene a salvo su libertad para disentir de lo que vea. Encima, se ha dicho a disposición de lo que requiera su presidenta. Esta abierta renuncia a renunciar a la política cuadra perfecto con que sea él quien defina el relevo en Morena.

Sería paradójico, pero en México pasan cosas aún más raras. Todo apunta a que el titular del partido que ganó las elecciones será el que más pronto deje esa posición, mientras que los vapuleados gerentes de la oposición siguen tan campantes en sus sillas.

Las quinielas apuntan a que el morenista Mario Delgado será premiado con un puesto en el gabinete y uno nada menor: según los momios, la presidenta estaría reservando para él la titularidad de la Secretaría de Gobernación. Ese u otro nombramiento para él dejaría vacante a Morena.

Si los nombramientos del gobierno son de la presidenta, el del partido será del líder del movimiento. Y de lo que se habla es de un enroque. Los dos ajedrecistas del momento habrían decidido que Delgado vaya a Bucareli y Luisa María Alcalde a encabezar el partido.

De darse así las cosas, el intercambio de puestos regresaría a una función ejecutiva a Mario, que tiene experiencia como secretario a nivel entidad federativa en tiempos de Marcelo Ebrard en la Ciudad de México, y a Luisa María le encarga el partido que la hizo secretaria de Estado.

Hay quien podría ver en ese encargo a Alcalde un castigo, pues lleva años invertidos como secretaria del Trabajo y de Gobernación, pero de ocurrir ese dedazo se convertiría en una importante correa de transmisión de quien la nombra.

López Obrador administraría junto con Alcalde a Morena para que no se desvíe nadie de lo que sus fundadores pensaron en 2014 al crear al partido que va que vuela para hegemónico. Le tocaría la gerencia de futuras candidaturas, de las nuevas adhesiones y presidir la permanente discusión programática.

Si llega a Morena, Luisa María Alcalde tendrá que emplear todas sus habilidades para domar los apetitos de una militancia que corre el riesgo de padecer campeonitis, y para ser un punto intermedio entre la presidenta y el expresidente. Una tarea muy importante, mas un lugar nada cómodo.