La democracia liberal es una construcción frágil, como es evidente. Es una invención occidental, de eso que llama Joe Henrich la gente más extraña (weirdest) del mundo. La idea de que todas las personas tienen la misma dignidad, sin importar su origen, sexo, educación o riqueza, ha sido un experimento de origen europeo, con apenas 500 años de existencia. Implica romper la estructura social tradicional, centrada en clanes y familias, para permitir que cada persona pueda actuar de forma autónoma, independiente.

Bajo esta idea, puesto que todas las personas tienen la misma dignidad (valen lo mismo), cualquiera puede gobernar, por eso la democracia; cualquiera debe poder generar riqueza, por eso el mercado libre; cualquiera debe poder aportar al conocimiento, por eso la educación y la ciencia. Pero estas tres actividades funcionan sin control directo, con apenas unas pocas reglas, y eso genera enorme incertidumbre, algo que a buena parte de las personas les causa una angustia inmanejable.

Por esa razón, la democracia liberal produce enemigos constantemente. Los más importantes son movimientos que proponen reducir la incertidumbre regresando a una estructura controlada, y para ello hacen uso de reclamos muy justificados. En el origen, el primer gran enemigo fue la Contrarreforma, que ofrecía construir algo parecido a la democracia liberal, pero dentro del catolicismo, suponiendo que sacrificar la libertad de culto no implicaba perder otras libertades. En el siglo 18, la oferta era rechazar lo nuevo regresando a lo natural, a lo auténtico: bastaba subordinarse a un Estado revolucionario.

En el siglo 20 hubo dos propuestas: reconstruir una sociedad ordenada alrededor de una raza superior, o hacerlo alrededor de una clase social superior. En ambos casos, las libertades individuales desaparecían a cambio de certeza, pero con ellas también desaparecía la democracia, el mercado y la ciencia.

Hoy nuevamente tenemos opciones que enfrentan a la democracia liberal. Por un lado, una propuesta autoritaria que aprovecha justificados reclamos contra el racismo y a favor de la diversidad para transformarlos en la cultura de la cancelación y la negación del pensamiento libre. Por el otro, la enésima reencarnación de la oferta religiosa/racial, ahora en la versión evangélica que respalda a personajes como Donald Trump, Nayib Bukele o Jair Bolsonaro.

En América Latina esa democracia liberal jamás logró desarrollarse. De hecho, tampoco tuvo mucho éxito en el sur de Europa sino hasta hace poco, de manera que no tuvimos antecedentes que nos ayudaran. En nuestro caso, los éxitos de la democracia liberal europea se transformaron en el capitalismo de compadres, y en respuesta a ello, en el populismo. Todavía hoy, la esencia latinoamericana es el cardenismo, el varguismo (Brasil), el peronismo o el aprismo (Perú). Se trata de propuestas profundamente estatistas, que mantienen las estructuras de clanes y familias, y que por lo mismo han dado como resultado países que no pueden mantener la democracia por mucho tiempo, que son un fracaso económico, y en los que no hay generación de conocimiento.

El crecimiento de las opciones antiliberales en los últimos 15 años creo que es evidente. Confunde mucho que académicos y medios sigan hablando de izquierda y derecha, las dos propuestas antiliberales del siglo pasado, y quieran con ello entender lo de hoy. Sin duda la democracia liberal está amenazada, por la cultura de la cancelación (que parece izquierda), por la reacción evangélica (que parece derecha) y por el populismo (nuestra gran aportación política), pero las viejas etiquetas no ayudan a entender.

Creo que vamos a la mitad del proceso y el enfrentamiento se intensificará. No está de más recordar que, frente a esta idea europea hoy debilitada, los autoritarismos asiáticos quieren aprovechar la oportunidad. Vienen años complicados.